
A los hombres les gusta salir a cazar.
Les gusta la ceremonia que implica pensar cuando será el mejor día, ponerse los pantalones adecuados, el gorro, el lazo en la cintura y andar.
Disfrutan de cada uno de los pasos que dan.
Cada mínimo avance que hacen los hace sentir mas grandes, mas importantes, mas poderosos. Se les infla el pecho.
Si la presa se les resiste, mas adrenalina correrá por sus venas y eso provocará mas empeño para lograr su objetivo final: “ cazar a la presa elegida”
No les dá lo mismo tal o cual presa. Analizan minuciosamente a la mujer a cazar…. Y una vez que la elijen avanzan y despliegan todo su arsenal de palabras, acciones y encantos varios , puestos todos al servicio de su objetivo primordial.
A las mujeres nos gusta que nos vengan a cazar. Amamos ser la presa elegida.
Nos hacemos las distraidas, las difíciles, las remolonas.
Los hacemos trabajar. Debe trabajar el hombre para ganarse su pan. Nos encanta verlos acercarse sigilosamente.
Como espermatozoides al óvulo, son muchos los que arrancan en el puesto de salida, y solo uno, el mas apto, el elegido por nosotras es quien llegará al objetivo final: cazarnos.
Este es un juego tácito de a dos. Si faltara uno de los dos jugadores, no se podría jugar.
Empíricamente hemos aprendido que hay hombres cuyo objetivo del proceso de la caza de una mujer, es solamente eso : el proceso. La conquista. Una vez conseguida la presa, después de tanto esfuerzo, empeño y creatividad pierden el interes en ella, lo que los hace abandonar el juego sin previo aviso para entonces, salir en busca de una nueva presa.
Es un acto consciente y premeditado o inconsciente?